Usa la servilleta

Esta historia, también mía, relata como una relación que iba muy bien con una chica se fue al “cielo” de las relaciones que van bien.

Ella se llamaba Nemesia – es el Santo que he visto que toca hoy -, y posiblemente tenía uno de los caracteres más afines a mí de las chicas con las que he estado. Nunca discutíamos, nunca nos peleábamos y estábamos bien. Llevábamos algunos meses y fue en la feria donde se jodió todo en un momento.

Se escuchaban sevillanas de fondo y habíamos comprado una de esas hamburguesas de Choni. Le costó bastante convencerme de que me comiera una hamburguesa de un sitio que se llamara así, pero accedí, ya he dicho que nunca discutíamos, y en la siguiente vez cedería ella.

Teníamos ya más de media hamburguesa comida cuando la miré a su cara y entonces el cielo se empezó a oscurecer. Tenía dos brochazos amarillos simétricos sobre cada extremo del labio, a modo de bigote de Cantinflas. Dejé de oir las sevillanas. Hasta ahí todo podía haber sido normal, pero yo tenía la boca llena y no podía decirle que usara la servilleta. Ella volvió a su hamburguesa y siguió comiendo, mientras mis sentimientos hacia ella se destruían a golpe de masticación.

En esos segundos tan placenteros del almuerzo, mi amor – o lo que sintiera – se destruía mientras la observaba comer: ¡ÑAM! Y su bigote de mostaza crecía como si un pintor diera una pasada de rápida brocha. ¡ÑAM! y descubría que el amarillo ocultaba largos vellos que crecían por encima de la ocre salsa, y hasta entonces nunca habían existido. ¡ÑAM! y pensaba porqué ella siempre me pedía perilla, para no descubrir que quien pinchaba era ella. ¡ÑAM! y veía como mascaba con su, hasta entonces preciosa e increible, boca entreabierta llena de trozos de carne y pan. ¡ÑAM! y su belleza y atractivo se desangraban y se encharcaban el albero.

Dejé de mirar un rato por si era todo efectos etílicos muy habituales en feria. No podía estar rompiéndose este hechizo tan bonito por verla comer una hamburguesa.

Levanté la cabeza y sonreí, ya habíamos comido los dos. Ella aprovechó el último sorbo de cerveza para hacer un disimulado enjuague bucal y entonces me dijo: dame un beso.

Tuve que pensármelo. Ella no se dio cuenta porque suelo ser ágil de mente, pero las décimas de segundo que tardé en acercarme a dárselo fue una lucha entre mi cerebro y mi corazón, entre hacer lo correcto o hacer lo que sentía. Ganó el cerebro. Hice de tripas corazón, porque en menos de 4 minutos se habían extinguido casi todos mis sentimientos, como cuando levantas una tapa de una olla y el vapor sube y desaparece. Me acerqué a ella y la besé: su lengua era más seca que nunca, su aliento olía a cocina de restaurante de comida rápida y sus caricias eran tan parsimoniosas que me desesperaban.

Si un beso me hacía sentir eso, había que intentar terminar ese día rápido, así que fingí cansancio poco a poco, hasta que me tuve que ir a mi casa a destiempo, con el amargor y desasosiego de que ya había dejado de amar y que mi historia con Nemesia había terminado.

En menos de un mes, volvía a estar libre, pero no dejaba de preguntarme como había ocurrido esto.

~ por Kin El Bravido en 19/12/2007.

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